Ayer, martes, a media mañana recibimos una bomba en forma de whatsapp. Al abrir el mensaje, el estirón de las cejas de César para arriba anunciaban buenas noticias: “Acabamos de capturar una merluza espectacular de 8 kilos. ¿La queréis?”.

Si al empezar en esto de la cocina, que los móviles ni existían, nos muestran por un agujerito la manera en que ha cambiado la relación con los proveedores, creeríamos estar ante una secuencia de Matrix.

El asunto es que hoy a las 10 de la mañana la merluza estaba en nuestra mesa de trabajo. Pocas sensaciones resultan tan placenteras como manipular géneros de tal calidad. Imaginaos disponer de los más exquisitos medios existentes dentro de la profesión que desarrolláis. Así nos sentimos nosotros.

Ver la frescura de sus ojos nacarados, palpar la firmeza prieta de sus carnes, hasta percibir los olores marinos que emanan al abrir la merluza para extraer sus interiores nos eleva. Notar como entra el cuchillo en el lomo, sinceramente, emociona.

En ese momento, de una boca asoma un susurro: “Y que encima nos podamos ganar la vida así…”.

En Lakasa, asamos el lomo limpio en el horno de brasas; un instante antes de introducir la ración (o la media ración) añadimos a esas brasas unos sarmientos. La atmósfera de humo que se crea impregna el pescado con una fina película, casi crocante, de aromas ahumados. Una vez en la mesa, el comensal, al abrir el lomo, encontrará en el interior unas lascas de carne rebosantes de sabor y jugosidad. Hablamos de un bocado delicioso.

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