A pie de huerta, en el pueblo asturiano de Puerto de Vega, Daniel nos atiende al teléfono. Es otoño y allí comienza la recolección de la verdina y también de la faba en verde.

Te cuenta que la primera señal para saber si la verdina está en su punto es el color del “babucho”, la vaina, que pasa del verde intenso a unos tonos amarillentos. Pero, como buen artesano, matiza: “De todas formas, necesito confirmar con el tacto ese punto de maduración. Si el babucho cede suavemente a la presión de los dedos, es el momento justo para recolectarla”. Y lo hace vaina a vaina, con una selección meticulosa, una por una.

Cuando le preguntamos por qué esta legumbre resulta tan fina y sabrosa, Daniel lo tiene claro y puedes imaginarlo mientras habla: el secreto está en la ubicación de sus parcelas, tan cerca del mar. “El mar actúa como un regulador térmico; aquí las temperaturas no fluctúan tanto. Esa estabilidad, junto con las brisas marinas, nos permite obtener un producto excepcional. En otras fincas que tenemos en León, donde cultivamos garbanzos, la faba no alcanza esta calidad”, nos explica.

En Lakasa, estas verdinas nos chiflan por sabor y textura. Esta temporada hemos vuelto a recuperarlas estofadas con sepia. Y ¡ojo! al detalle del majado.

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